Sobre canas y otras cuestiones peludas (I)

El año pasado decidí dejarme las canas. No ha sido fácil, lo admito, pero tampoco demasiado difícil. Tengo canas desde muy joven y las encuentro lindas. Me recuerdan a mi papá, que desde mi nacimiento ya tenía el pelo blanco. Cuando niña, él era como un faro si me perdía en el supermercado. Lamentablemente en una cultura patriarcal las mujeres somos castigadas a nivel social por atrevernos a llevar las canas.  Si estuviera interesada en conquistar a algún señor, probablemente me las teñiría. Lo confieso. Pero por ahora me sienta bien estar sola.

Por dejarme el pelo blanco he tenido que soportar los más diversos comentarios a los que cada día hago menos caso. ¿Por qué la gente se siente autorizada a opinar sin que le pregunte? De los aprendizajes que puedo sacar de mi experiencia rescato:

1.- En el plazo de 6 meses comenzaron  a cederme el asiento en la micro. La última vez me lo cedió una señora 25 años mayor que yo… de cabello teñido. En invierno, cuando ocupo gorro, nuevamente viajo de pie, hasta que dejo mi cabeza al descubierto. Aprendizaje 1: en esta sociedad el color del pelo pesa más que la calidad de la piel o la postura corporal.

2.- En Chile aún somos pocas las mujeres menores de 50 años que nos dejamos las canas. Por eso cuando me cruzo con alguna, nos miramos y sonreímos de manera cómplice. Aprendizaje 2: no solo para mí ha sido una decisión significativa. Me gusta pensar que estamos dando una lucha silenciosa y amorosa.

3.- Cuando escucho comentarios del tipo “¡te ves diez años mayor!”, pienso en que nadie me reclamaba antes por lucir diez años menor. ¿Por qué es bueno verse más joven que verse más vieja o simplemente de la edad que aparece en nuestro carnet de identidad? Tengo la sensación que el pelo blanco funciona para much@s como un recordatorio de nuestra limitada existencia. Aprendizaje 3: más que las canas en mí, lo que genera realmente pavor en quienes reclaman es la constatación de su propia futura muerte.

Recuerdo que al principio de este experimento mi sobrino de siete años alarmado exclamó “¡te estás poniendo vieja!”. Me causó mucha risa. Para él yo recién había comenzado a envejecer. En estos tiempos de liposucciones, blanqueamiento dental (y del otro), implantes de todo tipo, depilaciones láser, etc., me pregunto por los modelos de mujer que les toca ver a los niños y niñas.

Mientras me pregunto estas cosas, me recojo el pelo, pues no tengo interés de echar una canita al aire. Por ahora. (Continuará)

el libro de la mujer
Revista chilena de principios del siglo pasado.

 

 

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Mayor es mi lealtad

De las decenas de trabajos que he tenido, hay uno que me reportó experiencias que aún no termino de descifrar. Fue uno de esos momentos en que la vida profesional del investigador social se entrelaza de tal forma con su vida personal, que el objeto de estudio se presenta cuestionando todo el quehacer.

1.-   Sucedió hace muchos años, a finales de los ’90 o principios del segundo milenio. Fui una de las encargadas  de la aplicación de la encuesta nacional sobre consumo de drogas, estudio dependiente de un organismo estatal entonces llamado CONACE, hoy  SENDA. El objetivo de la investigación a nivel nacional, que se realiza hasta hoy periódicamente, es establecer el consumo de estupefacientes, sustancias lícitas e ilícitas, es decir, drogas duras y “blandas”, alcohol, tranquilizantes.

Nos contrató el Instituto de Sociología de la Pontificia Universidad Católica para ser encargados de zona. Tuve la fortuna de que me asignaran a la primera región de aquel entonces, es decir, las ciudades de Arica e Iquique. Recuerdo que pensé: “¡Desierto querido, puro sol!” y lamenté  la mala suerte de una amiga que fue destinada a la lluviosa zona de Aisén. En una estrategia que me pareció perversa, los encargados de la universidad detectaron quiénes eran pareja en el equipo y asignaron regiones distanciadas para estimular que el trabajo fuera más rápido. No estaban contemplados  los viáticos para viajes a la capital en los dos meses que se estimaban para trabajo de campo.  A mi pareja le tocó una región del sur. Hasta hoy pienso que ese artificio era una tontera, pues, incluso con el mayor de los esfuerzos, era difícil concluir antes de ese tiempo con el magno desafío. Además el éxito de nuestra tarea dependía de los jefes regionales y de los encuestadores locales, todos lugareños, que como es bien sabido en el norte, y en persona pude comprobar, no perdonan la siesta.

2.- En Iquique alojaba en una pensión bastante limpia que estaba sobre la fábrica de chumbeques, dulce nortino de la herencia que la migración china en esa zona nos ha dejado. Pocas personas lo saben, en Chile tuvimos esclavitud de chinos en el norte, vinculada a las guaneras  e industria ferroviaria. Algunos fundamentan que no fue propiamente esclavitud, debido a ciertos resquicios legales. Lo que es innegable son las condiciones miserables en que vivían estos migrantes. En la Guerra del Pacífico los chinos tuvieron un rol fundamental al unirse a las tropas chilenas, luego de migrar desde Perú. En fin, además de chumbeques, la panadería producía empanadas de pino en cantidad, lo que generaba en ciertos horarios un olor a encebollado que cargaba el ambiente. Pero me estoy alejando de lo que quiero contar aquí, volvamos al trabajo.

El trabajo en sí consistía en supervisar lo que se hacía en cada región, coordinar con los jefes de terreno, acelerar los tiempos de entrega y enviar informes a Santiago. El proceso iba tan lento que muchas veces yo misma tomé encuestas y partí a entrevistar en hogares. El cuestionario era largo y además era difícil que las personas declararan a un desconocido encuestador sobre su consumo de drogas ilícitas.

Pasaba una semana en Iquique y otra en Arica. En esta ciudad me alojaba en una pensión que hacía honor a la riqueza del clima de la zona, vale decir bellos hibiscos y asquerosas cucarachas nocturnas. Era mi primera vez en Arica y la ciudad me pareció en aquel entonces una mezcla de exuberante belleza natural y estridente comercio.  El primer taxista que me tocó, un hombre moreno de rasgos indígenas, hablaba pestes de los “indios” de los países vecinos. Él naturalmente no se consideraba indígena. Esto me hizo pensar en lo poderosa que puede ser la simbología de un límite y lo ridículo que resulta no reconocer las propias raíces. Yo no hubiese podido diferenciar la procedencia de ese hombre de la de un aymara del lado boliviano o peruano. Y recordé el lema de la ciudad, propio de las zonas limítrofes: “Arica, siempre Arica, mayor es mi lealtad”.

Era época de crisis. La ciudad estaba económicamente deprimida. Nos encontramos con muchos domicilios con hogares deshabitados. Las personas migraban por trabajo al sur. Era difícil mantener a los encuestadores motivados. Sin embargo, uno de ellos lograba traer siempre un número importante de cuestionarios completos, aunque nunca contenían datos de declaración positiva de consumo de drogas. Le pregunté sobre su metodología de trabajo y me respondió orgulloso que cuando alguien se negaba a contestar, les amenazaba con llamar a carabineros. Hubo que explicarle detalladamente por qué debía cambiar su contraindicada técnica en un estudio de estas características. Desilusionado accedió.

Otro efecto de la crisis económica era el bajo precio de los alimentos. Los restaurantes ofrecían menús muy baratos y el viático me cundía maravillosamente. Una vez fui a almorzar a un precioso restaurante italiano. Nunca había tenido la experiencia de que el número de garzones fuera mayor que el de comensales. Yo era la única.  Debo confesar que no es agradable sentirse tan observada y pensar que la propina tendría que dividirse entre tantas cabezas.

3.- A la hora de la siesta, a veces daba una vuelta por el centro o visitaba algún lugar cercano de interés. Un día subí al Morro de Arica, le dije al taxista que me dejara ahí para visitar el museo y disfrutar de la vista. Luego bajaría a pie. El Museo ensalza la hazaña de los soldados que en Guerra del Pacífico pudieron apropiarse del morro en solamente 55 minutos. Según la mitología local, los guerreros lo lograron gracias a la ayuda de la Chupilca del Diablo, bebida energética de la época, mezcla de aguardiente con pólvora. “Arica, siempre Arica, mayor es mi lealtad”.

El Morro de Arica, referente turístico de la ciudad,  también es conocido por constituirse como sitio elegido por suicidas para lanzarse desde las alturas. A algunos ariqueños pareciera que les encanta informar de esta característica. Estar en ese pedazo de tierra  me produjo una extraña sensación. Comencé el descenso por un pedregoso sendero. A mitad de camino divisé a unos metros a un hombre, que luego de mirarme ingirió varias pastillas de un medicamento. Lo noté porque las desprendió del clásico envase en que vienen los comprimidos. Pasé delante de él para seguir de largo, pero luego se me activó el chip tan bien insertado por años de colegio católico: la culpa. Me devolví.

El hombre tenía unas tremendas orejas con los lóbulos  muy despegados de la cabeza. Sus orejas eran casi paralelas a su cara. Me recordó  un personaje de película. Quizás alguno del largometraje “También los enanos comenzaron pequeños” de Herzog. Quizás el inquilino payaso del film “Delicatessen”. Como sea, ahí estaba yo, consultando al personaje qué es lo que había tomado y cuánto. Yo no conocía el medicamento, pero estimulé al seudo-suicida a bajar conmigo, temiendo que fuese una ingesta mortal. No llegué a comprender cuál era el problema que le aquejaba al hombre. Le sugerí fuéramos al hospital. Él no quería, pero accedió a que lo acompañara a caminar por la ciudad.

Lo primero que se me ocurrió fue llevarlo a comer algo. En un local ofrecían tres gigantes completos italianos por $1.000. Ya en esa época era muy barato. Nos sentamos y lo obligué a zamparse el primero. Se comió la mitad. Yo notaba que el hombre andaba medio ido. En un momento se levantó al baño y me giré para rogar a la persona sentada en la mesa contigua que me ayudara, que andaba con un suicida que había ingerido pastillas. Me miró y siguió comiendo en silencio. ¡Qué tremenda indiferencia!

El personaje volvió y ya no quería comer más. Salimos del local, yo repetía que sería bueno acudir a un centro de salud. Él quiso comunicarse con un familiar, un tío o algo así. ¡Aleluya! Fuimos a un centro de llamadas, pero la esperanza me duró poco. Escuché la conversación. No le dijo nada de relevancia y era un pariente del sur. Ninguna posibilidad de ayuda. Insistí en que fuéramos al hospital y no sé si ahora por efectos de las pastillas estaba más dócil, pero accedió. Subimos a un taxi.

4.- Entramos por urgencia y mientras estaba explicando la situación en el mesón de ingreso, un enfermero lo vio en la silla de ruedas y exclamó: “¡Tú de nuevo por aquí!”. Sí, no era primera vez. Lo ingresaron al sector de psiquiatría. Después de un rato, pasé a verlo a su pieza para despedirme. Desde su cama medio dopado me dijo: “Las visitas son el domingo. Por favor tráeme revistas”.

Y sí, bueno. Acudí el domingo con el encargo. Ingresé al sector de psiquiatría. Encontré al personaje durmiendo y dejé la revistas a los pies de su cama. Decidí esperar un tiempo en caso que despertara. El enfermero me ofreció hacer hora en su oficina. Me compartió chirimoya, fruta que se da muy bien en el cercano valle de Azapa. Mientras comíamos y conversábamos me di cuenta de un malentendido y tuve que explicitar que yo no era la pareja del seudosuicida. No me creyó. Yo era la única visita en el sector de psiquiatría aquel domingo. Me despedí rápidamente agradeciendo. Mientras me alejaba del hospital,  me preguntaba para mis adentros qué era aquello que me había llevado a involucrarme con la historia del personaje. ¿La culpa? ¿La temática del consumo de drogas? De pronto obtuve la respuesta. “Arica siempre Arica. Mayor es mi lealtad”. Sin duda, yo había sucumbido al lema de la ciudad.

La viuda de Magdalena Mira
“La viuda”. Magdalena Mira. Pintora chilena (1859-1930)

¡Que así sea!

En ocasiones es muy bueno prescindir de la edición con el fin de dar rienda suelta a la expresión de los sentimientos. Sin embargo, la edición puede lograr maravillosas revelaciones.

De noche me gusta rezar con mi sobrino de siete años antes de dormir, pero le tuve que explicar que hay contenidos de oraciones en las que ya no creo y por lo tanto no las puedo declamar en su totalidad. Me pide que le dé un ejemplo. Para mí es difícil, pues realmente soy una representante del realismo mágico. Latinoamericana a mucha honra. Creo en manifestaciones que a otros pudiesen causar  risa y a la vez cuestiono otras creencias más arraigadas. Esto me pone en aprietos, pues no calzo ni entre creyentes tradicionales ni entre ateos. Por otra parte, ese sincretismo cultural, extraña mezcla que genera mi imaginario, me permite relacionarme con total apertura con mis amigos de diversas religiones, agnósticos y ateos. Éste es un ejemplo que tuve que darle:

Creo en Dios (o algo así como una energía amorosa) Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, creo en Jesucristo, su único hijo, nuestro señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (energía amorosa nuevamente, presente en la concepción). Nació de Santa María, Virgen. Padeció bajo el poder de Poncio Pilatos. Fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos (como un espacio de encuentro), el Perdón de los pecados, la resurrección de la carne, y la vida eterna. Amén.

Mi sobrino me cuenta que él tiene una mucho mejor y después de escucharlo, no lo pongo en duda:

Padre nuestro de mi guarda,

dulce compañía,

dame pan de noche y de día.

No te sacrifiques por nosotros,

ni te mueras ningún día.

Amén.

Por algo la frase “Dejad que los niños vengan a mí”. Que así sea…

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“El ángel de los peluqueros” de Irene Domínguez Ríos, Serigrafía sobre papel, MNBA, Santiago, Chile

Sin editar

Después de pasar una semana de vacaciones con mi sobrino L., he decidido tomarme la vida de manera distinta. Ya les he hablado de esta criaturita de siete años que lanza con máxima ingenuidad, pero a total quemarropa, comentarios del tipo “¿Esas arrugas de la frente son de vieja o de enojona?”. Sí, así, sin editar. Y quien recibe el comentario, luego de una sorpresa, suele lanzar una carcajada.

Entonces, si es verdad que hay que vivir la vida con alma de niño, ¿qué pasaría si opto por la no edición y lo natural? Por ejemplo, no me depilo las axilas. Axilas sin editar. Piernas sin editar. Bigotes sin editar. Y no sigo nombrando, porque ya me da pudor. Me dejo las canas. Cabellos en general: sin editar.

Y lo mismo para la vida emocional. Tanto para enfrentar las alegrías como para enfrentar los tragos amargos. Recuerdo a Malena Pichot en uno de los más divertidos capítulos de la “Loca de Mierda” , usando una técnica para evitar comunicarse con el ex que ya está con nueva novia. La maniobra para reprimir el impulso de llamarlo es repetirse constantemente: “En este instante se la está garchando. En este instante se la está garchando”. Frase que en buen chileno es “en este instante se la está tirando” y en español “en este instante se la está follando”. Sí, así de crudo, imaginar el peor escenario, sin editar.

Y entre mayúsculas o minúsculas debo confesar que, después de un año escribiendo este blog,  aún sigo espiando el tuyo y extrañando tus cartas. Sí. Y que de vez en cuando, aunque no poseo el privilegio de que seas mi ex, tengo que usar el método de represión de Malena para no llamarte. Necesitaba decírtelo. Así. Sin editar.

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Mujer en el balcón. Autor chileno: Pedro Lira, s.XIX.

Arena y sol…

Estamos pasando un verano difícil en nuestro país. Los incendios forestales no dan tregua hace semanas. Miles de hectáreas carbonizadas y cientos de personas sin casa. En este escenario sería una locura quejarme por no poder salir de vacaciones – aunque reconozco que muero por ir a ver el mar – y sobrevivo estoica a los embates de las altas temperaturas y las ráfagas de ceniza que trae el viento. Estar en casa me lleva a una práctica estival común para mí: ordenar la despensa. Ahí encuentro el tesoro.

Hace unos meses me visitó una amiga suiza que vive en Brasil y que pasó previamente un tiempo también en estas tierras. Tiene 80 años y estaba decidiendo cuál y dónde sería su nuevo proyecto de vida. Admirable. Le pregunté qué alimento extrañaba de estas latitudes. Sin vacilar me contestó: “el cochayuyo”. Sí, esa alga marina comestible, que puede alcanzar muchos metros de largo, de consistencia carnosa, secada al sol para luego ser cocinada en guisos (y que en el pasado se le daba a los bebés para que lo mordieran seco cuando les molestaban las encías antes de la aparición de sus dientes). Mi mamá encontró en el supermercado unas bolsas con cochayuyo picado, bien selladas para que pudieran traspasar aduanas. Mi amiga las olvidó. Y aquí las encuentro entre pastas y polenta.

Remojo el cochayuyo con vinagre durante la noche, al día siguiente lo lavo bien antes de echarlo a la olla. Es en ese momento en que el fuerte aroma me lanza de viaje a mis cinco años, me veo arrastrando las algas junto a mis primos en la playa de las Rocas de Santo Domingo. Nos acompaña Lupe, la joven morena buenamoza que nos cuidaba y pasaba las vacaciones con nuestra familia. Y el aire marino me envuelve, soy niña masticando el cochayuyo seco y salado. Oigo a las gaviotas, las olas. Corro por la playa. Lupe recoge caracoles de mar que luego nos cocina y nos da de probar. Aroma de cochayuyo. Viaje instantáneo en tiempo y distancia. Viaje a la playa.

De pronto, por arte de magia, regreso a mi cocina de departamento urbano. Y entonces viene a mi mente la película El Festín de Babette.  Ella es una mujer que escapa de Francia a finales del siglo XIX y es acogida en casa de unas ancianas en un pueblo perdido de Dinamarca. Recuerdo el momento en que las ancianas descubren que ella ha gastado toda su fortuna ganada en la lotería,  al invertirla en preparar el banquete ofrecido para agasajarlas. Nadie lo sabía, Babette había trabajado en la cocina de uno de los más lujosos restaurantes de la época. Las ancianas le comentan con lástima sobre la pobreza en la que ha recaído y ella contesta con una sonrisa plácida y confiada: “una artista jamás es pobre”.

Así es, Babette. Una artista jamás es pobre. Hoy, sin un peso, viajé de ida y vuelta al litoral central.

Habito la bella austeridad que vive en la abundancia.

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Escena de Playa. Autor: Pedro Lira, pintor chileno.

A favor del reciclaje

“Cuando consumas alcohol, mantente alejada del computador y los celulares (ordenador y móviles, en ese raro español del otro lado del charco)”, es el consejo que le doy a D., basada en mi propia experiencia. En alguna ocasión en que estuve bajo la influencia del alcohol, he enviado correos y mensajes o he efectuado llamadas de las que me arrepiento. Por suerte no tengo de esos teléfonos inteligentes y mi ejemplar de los Picapiedras posee tantas limitaciones, que me protege de la inmediatez. Prueba de la importancia de mi advertencia es el poema que una noche de soledad etílica escribí  y que por alguna razón divina no di a conocer (estoy segura que los ángeles de la guarda se compadecen de los borrachos que sufren penas de amor). Lo había titulado “A favor del reciclaje”. Hoy lo encontré y junto con agradecer no haberlo enviado a su destinatario, me he reído tanto al leer esa composición de autoflagelación y victimización, que la comparto para que te convenzas que en caso que te dediques a beber los males de amores en un bar, lo hagas muy acompañada de las y los mejores amigos y distante de cualquier nueva tecnología de comunicación. Al día siguiente siempre las perspectivas serán distintas. Te lo doy firmado. Aquí la prueba:

A favor del reciclaje

(Un poema tan malo y decadente que, como su nombre lo indica, da para transformarlo en compost rápidamente. Ejemplo de los estragos que el alcohol puede generar).

No me conformo. No me conformo. No me conformo.

Ni con cloroformo.

¿De verdad soy tan desechable?

Me declaro ecologista y a favor del material reutilizable.

Prohíben conducir bajo el influjo del alcohol, pero no incluyen la norma de no utilizar whatsapp u otras formas de comunicación instantánea. El daño que podrías provocar es irreparable. Si vas a beber penas de amor, entrega las llaves de tu auto…y el celular.

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Obra de Leonor Vera, Chilena.

Y colorín, colorado…

Se presentó como el Gato con Botas, sin saber aún de mi afición por los cuentos infantiles. De todos modos, dime, ¿puede alguien resistirse al famoso felino tan bien calzado?

Me fue enamorando con sus serenatas entonadas de noche y colonizando mi espacio con sus aromas, una chaqueta colgada en el armario y un cepillo de dientes en el baño, que en cuestiones de amor es más significativo que plantar la bandera en la cima del Everest.

Su afición por el canto y la ópera me llevó a comprar entradas para la próxima función en el Teatro Municipal, con la intención de invitarlo con motivo de su cumpleaños en el mes venidero.

Pensé que todo iba bien hasta que llegó la gran demanda: no le dedicaba suficiente atención. Confieso que pasé unas semanas en que estuve compartiendo intensamente con otros personajes, intrigada con el “León que no sabía escribir” de Martin Baltscheit, sensibilizada con “El Cocodrilo al que no le gustaba el agua” de Gemma Merino o explorando la situación de “Lobito aprende a ser malo” de Ian Whybrow. Pero ellos son grandes amigos y ninguno con ventajas, mi único enamorado era el Sr. Gato. No hubo manera de convencerlo. Los felinos tienen esa extraña tendencia a desconfiar.

Sin pérdida de tiempo fue enviado a su destinatario  un paquete con sus pertenencias y las entradas a la ópera. ¿La obra? ¿Te cabe alguna duda? ¿No has visto la cartelera? Un clásico de Franz Lehár. La viuda alegre. Sí, una opereta. La viuda alegre.

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Obra de Hernán Valdovinos, artista chileno.

Apiódate de mí

La naturaleza es una fuente de inagotable cuestionamiento. La siguiente conversación de cuatro diletantes puede surgir a propósito de una sencilla compra en la feria.

¿Alguien quiere tomar de esta infusión de hierbas con apio? Dicen que es diurética y hace adelgazar.

-Yo.

– Yo no, gracias. Prefiero vino.

– A mí dame de los dos. Comienzo con la de apio.

-Es tremendo esto de comprar una mata entera de apio cuando vives sola. En la feria tuvimos que comprarla a medias con K. y cada una se llevó media mata para su casa. Y a pesar de eso no sé qué hacer con ella. Con una parte de las hojas hice la infusión, pero me queda todo el resto. Es demasiado grande.

-A mí me agrede la presencia de la mata de apio, destinada a un grupo familiar que no tengo.

-Mejor apio esperando en el refrigerador, que el vacío existencial de nevera sin apio.

-A mí me agrede esa turgencia del apio. Me hace recordar la que ya no tengo.

-Por eso existe el dicho “me importa un pepino” pero no existe ni existirá “me importa un apio”. El apio son palabras mayores.

-Yo lo compro listo en bolsita cortado para ensalada.

-A mí esas ensaladas manoseadas que venden las viejas a la salida del supermercado me dan asco.

-Hay que ser valiente para comprar una mata de apio completa.

-Es fálico el apio.

– ¿No es la vara de apio un clásico en el campo para inducir el aborto?

-Nunca había escuchado eso.

-¿Existe apio en todo el mundo? Tengo una amiga que vive en Europa y dice que lo que más extraña es la ensalada apio-palta.

-Pero es por la palta que en algunos países es menos común, apio debe haber en todas partes.

-Ah…

-Cuando todos los hijos nos fuimos de la casa  y mis papás quedaron solos, mi mamá nunca volvió a comprar apio.

-Es que la falta de apio representa un duelo.

-Yo nunca he visto a un hombre comprar un apio completo o por lo menos no le he visto comprarlo para él hacerse cargo de cortarlo,  sacarle las hilachas, picarlo y todo lo que implica reducir una mata de apio a una ensalada.

-Hay un tema de género detrás de la relación con el apio.

-Sin duda.

-Una vez me peleé con mi ex marido, porque le pedí que me trajera apio y compró la mata entera. Yo quería que me trajera los palitos de apio, pero él me dijo que era más barato comprarlo entero. Claro, como él no era quien cocinaba.

-No te quejes. Por algo es ex.

-Yo soy incapaz, a pesar de mi edad, de hacerme cargo de mi apio. Nunca compro apio.

-Por eso existe la canción de cumpleaños “Apio verde too you”. Es para hacerte tomar conciencia de que debes hacerte cargo de tu apio.

-Por supuesto.

-También están esas mujeres que van en la cuatro por cuatro a comprar al supermercado y luego le piden a la señora que trabaja en la casa que les prepare el apio.

-Claro, eso tampoco es hacerse cargo del apio.

Convengamos que igual esta conversación es horriblemente burguesa.

-En mi próxima cita le preguntaré si compra apio.

-Cuidado, mejor te haces cargo primero de tu mata. ¿O le vas a preguntar si está dispuesto o dispuesta a compartir el apio? ¡Por favor! Es solamente una cita, no es la ocasión para poner una mata de apio sobre la mesa.

-Tienes razón.

-Mi mamá que está viuda y vive sola, compra la mata de apio entera, la prepara y más encima cuando la visito me da una cajita con ensalada para traerme a casa, porque sabe que me encanta. No solamente se hace cargo de su apio, sino que además lo comparte.

– Es que tu mamá es de las grandes.

Todas las cabezas asienten con respeto.

-Podríamos concluir que el temple de una persona puede medirse al observar su relación con el apio.

(Cumplo con transcribir la minuta del extracto de una conversación de la cena de un viernes, que surge como resultado de mezclar infusión de apio y vino en dosis abundantes. El título es aportado por una de las participantes. Lo único que puedo afirmar es que de hecho es diurética la poción, pues tuve que levantarme de noche varias veces para ir al baño).

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La Taberna. (Ezequiel Plaza, Pintor chileno, 1892-1947)

Implementos de seguridad

Ella piensa en lo peligroso que es pedalear por las ciclovías mal diseñadas, expuestas a que cualquier vehículo atraviese el límite arrollándola. También reflexiona sobre su vida de peatona de dos horas diarias, cruzando calles, sorteando el tráfico. “Y, ¿de qué color quiere teñírselo?”, pregunta el peluquero desde el reflejo del espejo, trayéndole de regreso de sus cavilaciones. “Rojo, por favor”, responde ella, “por precaución”.

(Escrito por el Ángel de la Guarda de la Mujer Epistolar)

Ema Yurac Soto, Pintora Chilena
Obra de Ema Yurac Soto, nacida en Castro, Chile, 1940.

 

De Ángeles y Demonios

Aterrizo en el desierto.  Regresar a Atacama es como volver a encontrarme con un antiguo amante. En silencio nos vamos reconociendo los colores, las curvas, las texturas y las temperaturas. No nos veíamos desde hace un año. Pero esta vez he elegido un destino más nortino que en la última visita.

En esta ocasión me quedo en el oasis de Pica, en casa de entrañables amigos, para visitar juntos a la Ñusta en una localidad cercana. La Tirana es un pueblo de menos de mil habitantes situado en pleno Desierto de Atacama. Una vez al año llegan más de doscientas mil personas a celebrar a la Virgen del Carmen de La Tirana con bailes y trajes preparados durante doce meses. La leyenda dice que la Ñusta Huillac, princesa y líder inca, que escapa del cautiverio junto a su padre, organiza una rebelión para salvar a su pueblo. Los enemigos le temían tanto que la llamaron la “Tirana del Tamarugal”. Recovecos del camino: ella se enamora de un portugués que andaba perdido por el desierto. El amor la lleva a bautizarse y en medio de la ceremonia, su pueblo la descubre y le da muerte a ambos. En 1540, en homenaje a la mítica pareja, se construye cercana a su tumba una capilla con el nombre “Nuestra Señora del Carmen de La Tirana”.

Actualmente se celebra una fiesta de más de una semana, en que día y noche cofradías diversas bailan a la Chinita, a la Virgen del Carmen, a la Ñusta, a la Pachamama, a la Tirana.

Y aquí vamos…

Primer acto: Es de noche. Un diablo danza brincando celestialmente y un ángel me mira con una sonrisa demoníaca. Máscaras que enamoran y me invitan al trance. No sabría cuál elegir. Y me digo, pensando en mi profesora de psicología budista (con una interpretación por supuesto mía), “en el corazón todo cabe”. Bronces y tambores rítmicamente acompañan los pasos. De fondo la música…Viva ya, viva ya, Reina del Tamarugal, Tirana que me haces llorar y a todo un pueblo bailar.

Segundo acto: El sol quema fuerte en la pampa. Con devoción bailan viejos, adultos y niños, algunos con lágrimas en los ojos. En las calles miles de comerciantes venden desde medallitas de la Virgen hasta artículos de menaje. Religiosidad y paganismo en su máxima expresión. Y reflexiono: “En el corazón de la Tirana todo cabe”.

Tercer acto: Cuatro mujeres cruzamos el Desierto de Atacama en un auto. La menor tiene 33 años y la mayor ochenta primaveras. En silencio miramos el paisaje. De vez en cuando se vislumbran algunos tamarugos, árboles cuyas raíces misteriosamente los alimentan. Nos acompañan las voces de Eydie Gormé y Los Panchos. Entre bolero y bolero pienso en mis amores pasados, presentes (y futuros) y concluyo confiadamente: “en mi corazón todos caben”.

fragmento mAtilde Pérez
Fragmento de Mural en Valparaíso,  Matilde Pérez, Chilena (1916-2014)