¡Que así sea!

En ocasiones es muy bueno prescindir de la edición con el fin de dar rienda suelta a la expresión de los sentimientos. Sin embargo, la edición puede lograr maravillosas revelaciones.

De noche me gusta rezar con mi sobrino de siete años antes de dormir, pero le tuve que explicar que hay contenidos de oraciones en las que ya no creo y por lo tanto no las puedo declamar en su totalidad. Me pide que le dé un ejemplo. Para mí es difícil, pues realmente soy una representante del realismo mágico. Latinoamericana a mucha honra. Creo en manifestaciones que a otros pudiesen causar  risa y a la vez cuestiono otras creencias más arraigadas. Esto me pone en aprietos, pues no calzo ni entre creyentes tradicionales ni entre ateos. Por otra parte, ese sincretismo cultural, extraña mezcla que genera mi imaginario, me permite relacionarme con total apertura con mis amigos de diversas religiones, agnósticos y ateos. Éste es un ejemplo que tuve que darle:

Creo en Dios (o algo así como una energía amorosa) Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, creo en Jesucristo, su único hijo, nuestro señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo (energía amorosa nuevamente, presente en la concepción). Nació de Santa María, Virgen. Padeció bajo el poder de Poncio Pilatos. Fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos (como un espacio de encuentro), el Perdón de los pecados, la resurrección de la carne, y la vida eterna. Amén.

Mi sobrino me cuenta que él tiene una mucho mejor y después de escucharlo, no lo pongo en duda:

Padre nuestro de mi guarda,

dulce compañía,

dame pan de noche y de día.

No te sacrifiques por nosotros,

ni te mueras ningún día.

Amén.

Por algo la frase “Dejad que los niños vengan a mí”. Que así sea…

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“El ángel de los peluqueros” de Irene Domínguez Ríos, Serigrafía sobre papel, MNBA, Santiago, Chile

Sin editar

Después de pasar una semana de vacaciones con mi sobrino L., he decidido tomarme la vida de manera distinta. Ya les he hablado de esta criaturita de siete años que lanza con máxima ingenuidad, pero a total quemarropa, comentarios del tipo “¿Esas arrugas de la frente son de vieja o de enojona?”. Sí, así, sin editar. Y quien recibe el comentario, luego de una sorpresa, suele lanzar una carcajada.

Entonces, si es verdad que hay que vivir la vida con alma de niño, ¿qué pasaría si opto por la no edición y lo natural? Por ejemplo, no me depilo las axilas. Axilas sin editar. Piernas sin editar. Bigotes sin editar. Y no sigo nombrando, porque ya me da pudor. Me dejo las canas. Cabellos en general: sin editar.

Y lo mismo para la vida emocional. Tanto para enfrentar las alegrías como para enfrentar los tragos amargos. Recuerdo a Malena Pichot en uno de los más divertidos capítulos de la “Loca de Mierda” , usando una técnica para evitar comunicarse con el ex que ya está con nueva novia. La maniobra para reprimir el impulso de llamarlo es repetirse constantemente: “En este instante se la está garchando. En este instante se la está garchando”. Frase que en buen chileno es “en este instante se la está tirando” y en español “en este instante se la está follando”. Sí, así de crudo, imaginar el peor escenario, sin editar.

Y entre mayúsculas o minúsculas debo confesar que, después de un año escribiendo este blog,  aún sigo espiando el tuyo y extrañando tus cartas. Sí. Y que de vez en cuando, aunque no poseo el privilegio de que seas mi ex, tengo que usar el método de represión de Malena para no llamarte. Necesitaba decírtelo. Así. Sin editar.

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Mujer en el balcón. Autor chileno: Pedro Lira, s.XIX.

Arena y sol…

Estamos pasando un verano difícil en nuestro país. Los incendios forestales no dan tregua hace semanas. Miles de hectáreas carbonizadas y cientos de personas sin casa. En este escenario sería una locura quejarme por no poder salir de vacaciones – aunque reconozco que muero por ir a ver el mar – y sobrevivo estoica a los embates de las altas temperaturas y las ráfagas de ceniza que trae el viento. Estar en casa me lleva a una práctica estival común para mí: ordenar la despensa. Ahí encuentro el tesoro.

Hace unos meses me visitó una amiga suiza que vive en Brasil y que pasó previamente un tiempo también en estas tierras. Tiene 80 años y estaba decidiendo cuál y dónde sería su nuevo proyecto de vida. Admirable. Le pregunté qué alimento extrañaba de estas latitudes. Sin vacilar me contestó: “el cochayuyo”. Sí, esa alga marina comestible, que puede alcanzar muchos metros de largo, de consistencia carnosa, secada al sol para luego ser cocinada en guisos (y que en el pasado se le daba a los bebés para que lo mordieran seco cuando les molestaban las encías antes de la aparición de sus dientes). Mi mamá encontró en el supermercado unas bolsas con cochayuyo picado, bien selladas para que pudieran traspasar aduanas. Mi amiga las olvidó. Y aquí las encuentro entre pastas y polenta.

Remojo el cochayuyo con vinagre durante la noche, al día siguiente lo lavo bien antes de echarlo a la olla. Es en ese momento en que el fuerte aroma me lanza de viaje a mis cinco años, me veo arrastrando las algas junto a mis primos en la playa de las Rocas de Santo Domingo. Nos acompaña Lupe, la joven morena buenamoza que nos cuidaba y pasaba las vacaciones con nuestra familia. Y el aire marino me envuelve, soy niña masticando el cochayuyo seco y salado. Oigo a las gaviotas, las olas. Corro por la playa. Lupe recoge caracoles de mar que luego nos cocina y nos da de probar. Aroma de cochayuyo. Viaje instantáneo en tiempo y distancia. Viaje a la playa.

De pronto, por arte de magia, regreso a mi cocina de departamento urbano. Y entonces viene a mi mente la película El Festín de Babette.  Ella es una mujer que escapa de Francia a finales del siglo XIX y es acogida en casa de unas ancianas en un pueblo perdido de Dinamarca. Recuerdo el momento en que las ancianas descubren que ella ha gastado toda su fortuna ganada en la lotería,  al invertirla en preparar el banquete ofrecido para agasajarlas. Nadie lo sabía, Babette había trabajado en la cocina de uno de los más lujosos restaurantes de la época. Las ancianas le comentan con lástima sobre la pobreza en la que ha recaído y ella contesta con una sonrisa plácida y confiada: “una artista jamás es pobre”.

Así es, Babette. Una artista jamás es pobre. Hoy, sin un peso, viajé de ida y vuelta al litoral central.

Habito la bella austeridad que vive en la abundancia.

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Escena de Playa. Autor: Pedro Lira, pintor chileno.

A favor del reciclaje

“Cuando consumas alcohol, mantente alejada del computador y los celulares (ordenador y móviles, en ese raro español del otro lado del charco)”, es el consejo que le doy a D., basada en mi propia experiencia. En alguna ocasión en que estuve bajo la influencia del alcohol, he enviado correos y mensajes o he efectuado llamadas de las que me arrepiento. Por suerte no tengo de esos teléfonos inteligentes y mi ejemplar de los Picapiedras posee tantas limitaciones, que me protege de la inmediatez. Prueba de la importancia de mi advertencia es el poema que una noche de soledad etílica escribí  y que por alguna razón divina no di a conocer (estoy segura que los ángeles de la guarda se compadecen de los borrachos que sufren penas de amor). Lo había titulado “A favor del reciclaje”. Hoy lo encontré y junto con agradecer no haberlo enviado a su destinatario, me he reído tanto al leer esa composición de autoflagelación y victimización, que la comparto para que te convenzas que en caso que te dediques a beber los males de amores en un bar, lo hagas muy acompañada de las y los mejores amigos y distante de cualquier nueva tecnología de comunicación. Al día siguiente siempre las perspectivas serán distintas. Te lo doy firmado. Aquí la prueba:

A favor del reciclaje

(Un poema tan malo y decadente que, como su nombre lo indica, da para transformarlo en compost rápidamente. Ejemplo de los estragos que el alcohol puede generar).

No me conformo. No me conformo. No me conformo.

Ni con cloroformo.

¿De verdad soy tan desechable?

Me declaro ecologista y a favor del material reutilizable.

Prohíben conducir bajo el influjo del alcohol, pero no incluyen la norma de no utilizar whatsapp u otras formas de comunicación instantánea. El daño que podrías provocar es irreparable. Si vas a beber penas de amor, entrega las llaves de tu auto…y el celular.

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Obra de Leonor Vera, Chilena.

Y colorín, colorado…

Se presentó como el Gato con Botas, sin saber aún de mi afición por los cuentos infantiles. De todos modos, dime, ¿puede alguien resistirse al famoso felino tan bien calzado?

Me fue enamorando con sus serenatas entonadas de noche y colonizando mi espacio con sus aromas, una chaqueta colgada en el armario y un cepillo de dientes en el baño, que en cuestiones de amor es más significativo que plantar la bandera en la cima del Everest.

Su afición por el canto y la ópera me llevó a comprar entradas para la próxima función en el Teatro Municipal, con la intención de invitarlo con motivo de su cumpleaños en el mes venidero.

Pensé que todo iba bien hasta que llegó la gran demanda: no le dedicaba suficiente atención. Confieso que pasé unas semanas en que estuve compartiendo intensamente con otros personajes, intrigada con el “León que no sabía escribir” de Martin Baltscheit, sensibilizada con “El Cocodrilo al que no le gustaba el agua” de Gemma Merino o explorando la situación de “Lobito aprende a ser malo” de Ian Whybrow. Pero ellos son grandes amigos y ninguno con ventajas, mi único enamorado era el Sr. Gato. No hubo manera de convencerlo. Los felinos tienen esa extraña tendencia a desconfiar.

Sin pérdida de tiempo fue enviado a su destinatario  un paquete con sus pertenencias y las entradas a la ópera. ¿La obra? ¿Te cabe alguna duda? ¿No has visto la cartelera? Un clásico de Franz Lehár. La viuda alegre. Sí, una opereta. La viuda alegre.

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Obra de Hernán Valdovinos, artista chileno.

Apiódate de mí

La naturaleza es una fuente de inagotable cuestionamiento. La siguiente conversación de cuatro diletantes puede surgir a propósito de una sencilla compra en la feria.

¿Alguien quiere tomar de esta infusión de hierbas con apio? Dicen que es diurética y hace adelgazar.

-Yo.

– Yo no, gracias. Prefiero vino.

– A mí dame de los dos. Comienzo con la de apio.

-Es tremendo esto de comprar una mata entera de apio cuando vives sola. En la feria tuvimos que comprarla a medias con K. y cada una se llevó media mata para su casa. Y a pesar de eso no sé qué hacer con ella. Con una parte de las hojas hice la infusión, pero me queda todo el resto. Es demasiado grande.

-A mí me agrede la presencia de la mata de apio, destinada a un grupo familiar que no tengo.

-Mejor apio esperando en el refrigerador, que el vacío existencial de nevera sin apio.

-A mí me agrede esa turgencia del apio. Me hace recordar la que ya no tengo.

-Por eso existe el dicho “me importa un pepino” pero no existe ni existirá “me importa un apio”. El apio son palabras mayores.

-Yo lo compro listo en bolsita cortado para ensalada.

-A mí esas ensaladas manoseadas que venden las viejas a la salida del supermercado me dan asco.

-Hay que ser valiente para comprar una mata de apio completa.

-Es fálico el apio.

– ¿No es la vara de apio un clásico en el campo para inducir el aborto?

-Nunca había escuchado eso.

-¿Existe apio en todo el mundo? Tengo una amiga que vive en Europa y dice que lo que más extraña es la ensalada apio-palta.

-Pero es por la palta que en algunos países es menos común, apio debe haber en todas partes.

-Ah…

-Cuando todos los hijos nos fuimos de la casa  y mis papás quedaron solos, mi mamá nunca volvió a comprar apio.

-Es que la falta de apio representa un duelo.

-Yo nunca he visto a un hombre comprar un apio completo o por lo menos no le he visto comprarlo para él hacerse cargo de cortarlo,  sacarle las hilachas, picarlo y todo lo que implica reducir una mata de apio a una ensalada.

-Hay un tema de género detrás de la relación con el apio.

-Sin duda.

-Una vez me peleé con mi ex marido, porque le pedí que me trajera apio y compró la mata entera. Yo quería que me trajera los palitos de apio, pero él me dijo que era más barato comprarlo entero. Claro, como él no era quien cocinaba.

-No te quejes. Por algo es ex.

-Yo soy incapaz, a pesar de mi edad, de hacerme cargo de mi apio. Nunca compro apio.

-Por eso existe la canción de cumpleaños “Apio verde too you”. Es para hacerte tomar conciencia de que debes hacerte cargo de tu apio.

-Por supuesto.

-También están esas mujeres que van en la cuatro por cuatro a comprar al supermercado y luego le piden a la señora que trabaja en la casa que les prepare el apio.

-Claro, eso tampoco es hacerse cargo del apio.

Convengamos que igual esta conversación es horriblemente burguesa.

-En mi próxima cita le preguntaré si compra apio.

-Cuidado, mejor te haces cargo primero de tu mata. ¿O le vas a preguntar si está dispuesto o dispuesta a compartir el apio? ¡Por favor! Es solamente una cita, no es la ocasión para poner una mata de apio sobre la mesa.

-Tienes razón.

-Mi mamá que está viuda y vive sola, compra la mata de apio entera, la prepara y más encima cuando la visito me da una cajita con ensalada para traerme a casa, porque sabe que me encanta. No solamente se hace cargo de su apio, sino que además lo comparte.

– Es que tu mamá es de las grandes.

Todas las cabezas asienten con respeto.

-Podríamos concluir que el temple de una persona puede medirse al observar su relación con el apio.

(Cumplo con transcribir la minuta del extracto de una conversación de la cena de un viernes, que surge como resultado de mezclar infusión de apio y vino en dosis abundantes. El título es aportado por una de las participantes. Lo único que puedo afirmar es que de hecho es diurética la poción, pues tuve que levantarme de noche varias veces para ir al baño).

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La Taberna. (Ezequiel Plaza, Pintor chileno, 1892-1947)

Implementos de seguridad

Ella piensa en lo peligroso que es pedalear por las ciclovías mal diseñadas, expuestas a que cualquier vehículo atraviese el límite arrollándola. También reflexiona sobre su vida de peatona de dos horas diarias, cruzando calles, sorteando el tráfico. “Y, ¿de qué color quiere teñírselo?”, pregunta el peluquero desde el reflejo del espejo, trayéndole de regreso de sus cavilaciones. “Rojo, por favor”, responde ella, “por precaución”.

(Escrito por el Ángel de la Guarda de la Mujer Epistolar)

Ema Yurac Soto, Pintora Chilena
Obra de Ema Yurac Soto, nacida en Castro, Chile, 1940.

 

De Ángeles y Demonios

Aterrizo en el desierto.  Regresar a Atacama es como volver a encontrarme con un antiguo amante. En silencio nos vamos reconociendo los colores, las curvas, las texturas y las temperaturas. No nos veíamos desde hace un año. Pero esta vez he elegido un destino más nortino que en la última visita.

En esta ocasión me quedo en el oasis de Pica, en casa de entrañables amigos, para visitar juntos a la Ñusta en una localidad cercana. La Tirana es un pueblo de menos de mil habitantes situado en pleno Desierto de Atacama. Una vez al año llegan más de doscientas mil personas a celebrar a la Virgen del Carmen de La Tirana con bailes y trajes preparados durante doce meses. La leyenda dice que la Ñusta Huillac, princesa y líder inca, que escapa del cautiverio junto a su padre, organiza una rebelión para salvar a su pueblo. Los enemigos le temían tanto que la llamaron la “Tirana del Tamarugal”. Recovecos del camino: ella se enamora de un portugués que andaba perdido por el desierto. El amor la lleva a bautizarse y en medio de la ceremonia, su pueblo la descubre y le da muerte a ambos. En 1540, en homenaje a la mítica pareja, se construye cercana a su tumba una capilla con el nombre “Nuestra Señora del Carmen de La Tirana”.

Actualmente se celebra una fiesta de más de una semana, en que día y noche cofradías diversas bailan a la Chinita, a la Virgen del Carmen, a la Ñusta, a la Pachamama, a la Tirana.

Y aquí vamos…

Primer acto: Es de noche. Un diablo danza brincando celestialmente y un ángel me mira con una sonrisa demoníaca. Máscaras que enamoran y me invitan al trance. No sabría cuál elegir. Y me digo, pensando en mi profesora de psicología budista (con una interpretación por supuesto mía), “en el corazón todo cabe”. Bronces y tambores rítmicamente acompañan los pasos. De fondo la música…Viva ya, viva ya, Reina del Tamarugal, Tirana que me haces llorar y a todo un pueblo bailar.

Segundo acto: El sol quema fuerte en la pampa. Con devoción bailan viejos, adultos y niños, algunos con lágrimas en los ojos. En las calles miles de comerciantes venden desde medallitas de la Virgen hasta artículos de menaje. Religiosidad y paganismo en su máxima expresión. Y reflexiono: “En el corazón de la Tirana todo cabe”.

Tercer acto: Cuatro mujeres cruzamos el Desierto de Atacama en un auto. La menor tiene 33 años y la mayor ochenta primaveras. En silencio miramos el paisaje. De vez en cuando se vislumbran algunos tamarugos, árboles cuyas raíces misteriosamente los alimentan. Nos acompañan las voces de Eydie Gormé y Los Panchos. Entre bolero y bolero pienso en mis amores pasados, presentes (y futuros) y concluyo confiadamente: “en mi corazón todos caben”.

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Fragmento de Mural en Valparaíso,  Matilde Pérez, Chilena (1916-2014)

 

 

La vacuna

Día domingo, amanezco temprano y cuando salgo de mi pieza por mi café de grano, me encuentro con D., tiene un parche en la nariz. “¿Qué te pasó?”, pregunto, imaginando un choque nocturno cuando conducía el auto de regreso a casa. “Me mordió el perro de mi papá. Sangré mucho, pero mi papá me dijo que no me preocupara, me puso estas vendas y ofreció regalarme un peeling facial para borrar las cicatrices. No he visto cómo fue la herida, porque él no me dejó. ¿Crees que debería ir a la clínica?”. Intento procesar la información. Aún no tengo en mi torrente sanguíneo la dosis de cafeína necesaria. “Bueno, sin ser alarmista, quizás sería bueno, para que estés tranquila, que te limpien la herida y te indiquen si tienes que tomar algún medicamento o ponerte alguna vacuna, la antirrábica o la antitetánica, por ejemplo”. Para mis adentros pienso que si su progenitor siente tanta culpa como para pagarle el mejor tratamiento dermatológico, la situación puede ameritar una mirada médica.

K. se suma al panorama de domingo en la mañana y camino al servicio de urgencia, una melodía de la radio las inspira y me cuentan una historia de esas que alimentan mi tema de tesis de manera enjundiosa. Un personaje masculino cincuenteañero al que ambas conocen, que no está casado ni tiene hijos, del cual se rumorea que lo dejaron plantado en el altar hace años y que su sueño de mujer es la imagen de una fémina del siglo XIX, les ha relatado que se obsesionó con una película. ¿Cuál? Titanic. Yo consulto si la obsesión es con la historia del barco, ya que son muchos los que han sucumbido a la estela que dejó el mítico hundimiento. Pero es la dimensión romántica la que le enganchó. El tipo desde que vio la película, comenzó a mirarla reiteradamente. Se sintió identificado con los personajes. No podía parar de verla. Pasaba horas frente a la pantalla. La historia amorosa de los protagonistas lo obnubiló. Escuchaba la banda sonora todo el día y también las noches en vela. No quería salir de casa con tal de permanecer con Rose y Jack. Tuvo que acudir a un tratamiento. “No me digan que le tuvieron que poner la ‘antititánica'”, les digo en broma. Me explican que él mismo les contó que tuvo que ir a terapia para curar esta adicción. Realmente es cierto que la realidad supera la ficción. Luego de reírnos, les confieso algo avergonzada que yo también tengo una película que veo frecuentemente, aunque no con tanta obsesión. Sensatez y sentimientos, basada en el libro de Jane Austen. Nos preguntamos si quizás Kate Winslet tenga alguna relación con estas adicciones.

Luego de una prudente espera, entramos con D. a la atención de urgencia. Le sacan el parche, que se lleva consigo todas las costras y le arranca más de una lágrima de dolor. Yo le prometo que le diré la verdad sobre su apariencia estética, mientras mantengo mi mejor cara de póquer. Honestamente las heridas son largas, pero finas, no le falta ningún pedazo de nariz, seguro las marcas resultantes serán mínimas y con el prometido peeling desparecerán en unos meses más. Le paso un espejo. Parece que mi mirada es más optimista que la de ella. Queda impactada. Le hacen las curaciones correspondientes, le ponen la antitetánica por precaución. Su efecto cubre diez años. Trato de animarla diciéndole que ya tiene una de las vacunas para irse de viaje a países lejanos. Le explican que debido a que es un perro casero, no le pondrán la antirrábica. El can ha recibido el antígeno tantas veces que es casi imposible que contraiga la enfermedad. Sin embargo la médica le indica que es necesario vigilar cambios de humor o algún comportamiento extraño. “¿En mí?”, consulta D., preocupada por su inestabilidad anímica. “¡No!, variaciones en el perro”, contesta la médica con un ataque de risa, moviendo la cabeza. Cuando nos despedimos, la doctora continuaba riéndose.

De regreso me voy preguntando cuál sería la mejor vacuna que podría inventarse. Una que asegurara no perder la dignidad. Una que impidiera “enfermar” de claustrofobia. Una que garantizara la resistencia frente a algún contagio de nacionalismo. Una que mantuviera a raya a los caraduras. Se me ocurren montones.

¿Y una vacuna que nos liberara de las penas de amor? ¡Jamás! No renunciaría a la gama de emociones que van de la mano de enamorarse, aunque en mi caso pareciera que ya he tenido suficientes dosis como para creerme inmune. Toco madera tres veces, porque he escuchado que se han desarrollado cepas muy resistentes…

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Laura y los perros. Autor: Guillermo Lorca García-Huidobro, Pintor Chileno.(Nace en Santiago, 1984)

Óscar Hahn: señales de mucha vida

Lugar Común (Oscar Hahn)
Vuelves a mí
porque el asesino
siempre vuelve
al lugar del crimen.

Geografía Poética de Chile

oscar.hahnEl 2011 se cerró como un año especialmente significativo para Óscar Hahn, y para nosotros, sus lectores. Tres libros y dos distinciones se sucedieron con perfecta fluidez: por una parte, el poemario nuevo La primera oscuridad, la reedición de Esta rosa negra, y la antología Todas las cosas se deslizan; por otra, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en su octava versión, y la incorporación del poeta a la Academia Chilena de la Lengua como miembro de número.

La primera oscuridad (Premio a la Edición 2011) agrupa 43 poemas que retoman las preocupaciones características de Hahn. Ininterrumpidamente, los textos acentúan la perspectiva acaso futurista de voces que pasean entre este mundo y el otro. Así “Adán y Eva vivían/ en distintas galaxias/ y sólo se comunicaban/ por mensajes de texto/ […] Punto de acoplamiento:/ cinco cuatro tres dos uno// El resplandor de la explosión/ […] anunció…

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